If you think education is expensive, try ignorance...
3 abr 2025
27 may 2023
8 ago 2022
Mediocracia
La sociedad del sándwich mixto: por qué los mediocres dominan el mundo
A nadie le ofende un
sándwich mixto, pero difícilmente alguien lo elegiría para su última cena. Es
la metáfora ideal de un mundo en el que lo mediocre, lo que no destaca por ser
ni demasiado malo ni demasiado brillante, está acaparando el poder.
Piense en un helado de vainilla. No, mejor aún, piense
en un sándwich mixto. Aquí tiene una foto para inspirarse. Visualice el mejor
sándwich mixto posible, con su jamón caliente, su queso fundido, su pan
tostado... ¿Es la mejor comida del mundo? Desde luego que no. ¿Es la peor?
Seguro que tampoco. A nadie le disgusta un sándwich mixto pero difícilmente
alguien lo elegiría para el menú de su boda o como última cena en el corredor
de la muerte. No es un plato brillante, pero para salir del paso nunca está
mal; cumple su función. «Perdone, la cocina ya ha cerrado, pero si quiere le
podemos hacer un sándwich mixto».
Podríamos decir que el sándwich mixto es un plato
sencillamente mediocre. No malo, ojo, me-dio-cre. Es decir, «de calidad
media», según estricta definición de la RAE. «De poco mérito». Vamos, del
montón.
Ahora olvide el sándwich y mire hacia el despacho de
su jefe. Ahí lo tiene. Piense en el profesor de sus hijos o ponga un rato las
noticias y fíjese en nuestros políticos. Incluso en la última película de moda
o el disco más vendido. El último best seller... ¿No me diga que no
le sabe todo a jamón y queso? Bienvenidos a la dictadura de lo mediocre.
«Vivimos un orden en el que la media ha dejado de ser
una síntesis abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y ha
pasado a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar»,
denuncia Alain Deneault, filósofo y profesor de Sociología en la
Universidad de Québec y autor de Mediocracia, cuando los mediocres
llegan al poder (Ed. Turner), un ensayo que llega hoy a España y que
analiza cómo las mediocres aspiraciones que invaden la sociedad están
provocando ciudadanos cada vez más idiotas. Condenados -diríamos- a desayunar,
comer y cenar un sándwich mixto. «La mediocracia nos anima de todas las maneras
posibles a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable lo que
resulta inaceptable y como necesario lo repugnante».
Veamos un ejemplo práctico que pone Deneault para
entender el juego perverso del que habla en su libro. El sistema no
quiere a un maestro que no sepa ni usar la fotocopiadora, pero menos aún
aceptará a un maestro que cuestione el programa educativo tratando de mejorar
la media. Tampoco admitirá al empleado de una empresa que intente mostrar
una pizca de moralidad en una compañía sometida a la presión de sus
accionistas. Traslade el modelo a cualquier otra profesión y encontrará un
panorama con profesores universitarios que en lugar de investigar rellenan
formularios, periodistas que ocultan grandes escándalos para generar clics con
noticias de consumo rápido, artistas tan revolucionarios como subvencionados y
políticos de extremo centro. Ni rastro del orgullo por el trabajo bien hecho.
«Por oportunismo o por temor a represalias estructurales, es difícil resistir
la presión de la mediocridad», lamenta el filósofo canadiense.
Todo se rige hoy bajo el conocido como Principio
de Peter, una teoría formulada por el pedagogo Laurence J. Peter y
el dramaturgo Raymond Hull (también canadienses) que establece
que, en las jerarquías modernas, todos los trabajadores medianamente
competentes -ni los más brillantes ni los que no son unos completos inútiles-
son ascendidos en su empresa hasta que alcanzan un puesto para el que ya no
están capacitados.
«Nuestros sistemas masivos de calificación, de
evaluación y de indicadores están pensados para gestionar la media. Y la verdad
es que lo hacen bastante bien», defiende Daniel
Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social en la Universidad del País
Vasco. «La parte mala es que también castigan la disonancia, lo
disruptivo. Lo que nos suena extraño tendemos a calificarlo como malo.
La única manera de combatir ese sesgo es tener un sistema en paralelo para
concederse una cierta excepcionalidad porque el sistema, por nuestro
comportamiento gregario y por la igualdad democrática, tiende a premiar la
conducta adaptativa. Quien quiera evitar ese sesgo lo que debe hacer es
procurarse la compañía de alguien que le diga la verdad a la cara, que no le
haga la pelota como hacen los asesores de hoy en día, sino que le diga alguna
vez que está haciendo el ridículo, como hacían los bufones del Rey».
El origen de esta mediocracia se remonta, según el
relato de Alain Denault, al siglo XIX, «cuando los oficios se transformaron
gradualmente en empleos», se estandarizó el trabajo y los profesionales
se convirtieron en «recursos humanos», formateados, clasificados y empaquetados
como gerentes, socios, emprendedores, autónomos, asociados... Con una
eficacia a gran escala que, para Denault, no tiene comparación en la Historia.
Tenemos a gente que produce alimentos en cadenas de montaje sin saber cocinar
ni un sándwich de jamón y queso, que te dan la turra por teléfono con
estimulantes tarifas que ni ellos mismos entienden, que venden libros que jamás
leerían. Que trabajan como la media porque el trabajo no es para ellos más que
(valga la redundancia) un mediocre medio de supervivencia.
«Generamos una especie de promedio estandarizado,
requerido para organizar el trabajo a gran escala en el modelo alienante que
conocemos hoy», explica el autor. «Los mediocres se organizarán para adularse
unos a otros, se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el
poder de un clan que irá creciendo atrayendo a sus semejantes», sostiene.
«Es un círculo vicioso».
- ¿Es más peligroso un profesional mediocre que uno
directamente malo?
- Para el poder, no. Mediocridad no es
sinónimo de incompetencia. Los poderes establecidos no quieren perfectos
incompetentes, trabajadores que no cumplan su horario o que no obedezcan
órdenes. En realidad cuesta ser mediocre. Uno puede ser un mediocre muy
competente, es decir, aplicado, servil y libre de todas las convicciones y
pasiones propias. En ese caso, el futuro es suyo porque las instituciones
de poder son reacias a codearse con personas comprometidas política y
moralmente o que sean originales en sus pensamientos y métodos.
- ¿Somos más mediocres que antes?
- No vamos a inventar un mediocrómetro para
estudiar el grado de mediocridad de las personas, pero sí podemos establecer
una evolución de los términos mediocridad y mediocracia en el curso de la
modernidad. Inicialmente, era una expresión desdeñosa utilizada por las élites
para denunciar el reclamo de las nacientes clases medias que querían probar la
ciencia, el arte o la política. Por el contrario, la mediocridad en
nuestro tiempo ya no es deplorada, sino promovida. Se ha convertido en un
sistema.
En lo más alto de ese régimen mediócrata, encontramos a nuestros políticos.
Se habrá cansado de oír lo mediocres que son
y seguramente creerá que los de hoy son peores que los de antes y los nuestros
peores que los del país vecino. Si le sirve de consuelo, Alain Denault sostiene
que la mediocridad está en la naturaleza de casi todos los políticos actuales y
el régimen que dibuja su ensayo se sostiene sobre esa nueva política convertida
en una «cultura de gestión», en la que nuestros dirigentes se limitan a manejar
los problemas de ayer y en la que se desprecia cualquier pensamiento
crítico o cualquier reflexión a largo plazo, porque sólo se autoriza lo
normativo, la reproducción, las afirmaciones mecánicas de lo evidente.
«Este es -subraya Denault- el orden político del
extremo centro». Y no hablamos del centro demoscópico, allí donde dicen los
politólogos que se ganan las elecciones, sino directamente de una
propuesta para suprimir el debate entre izquierda y derecha y sustituirlo por
palabras vacías. «Se han impuesto en el lenguaje las barbaridades de las
organizaciones privadas: aceptación social en lugar de
democracia, partes interesadas en lugar de ciudadanos, sociedad
civil en lugar de personas, consenso en lugar de
debate, competitividad en lugar de ayuda mutua... Se
nos dice, paradójicamente, que depende de nosotros salir del desempleo,
hacernos atractivos para el mercado laboral, ser activos en Facebook,
emprender... Casi todo conspira para hacernos fracasar, para que
parezca una vergüenza personal lo que es sólo la ira política dirigida contra
un individuo a quien se ha enseñado a restringir su conciencia. No hay nada más
extremo que el extremo centro», sentencia el autor de Mediocracia.
Volvemos a España para averiguar dónde quedó nuestro
extremo centro. «Hay gente que ha confundido el centro con la centralidad»,
comparte Daniel Innerarity. «El centro puede ser una combinación ideológica de
valores de izquierda y derecha o puede ser también una combinación singular de
pereza intelectual y oportunismo».
¿Son peores que nunca nuestros políticos? «No, el
problema es que a los políticos mediocres de ahora los tenemos más presentes»,
dice el filósofo español. «Tendemos a idealizar a los líderes de la
Transición, por ejemplo, porque nos acordamos de los buenos pero nos olvidamos
de la cantidad de basura que había entonces. Hace mucho tiempo que dejaron
de estar los más listos en el Gobierno pero no porque los gobernantes se hayan
hecho más tontos, sino porque los demás somos ahora más listos. Antes eran más
brillantes por comparación con la media. Hoy los políticos destacan menos no
porque sean más mediocres sino porque se ha reducido la distancia entre el que
lidera y los liderados».
-¿Cuál es entonces la solución contra la mediocracia?
-La democracia es un sistema de gobierno para la gente
media, así que la solución es elevar esa media, que haya más cultura de
formación. No se trata de mejorar el proceso de selección de líderes. Nos
obsesionamos con los líderes o con su ejemplaridad, cosas de ese tipo que
subrayan las cualidades individuales de las personas, cuando lo que hay que
trabajar es la inteligencia colectiva de la sociedad. Y eso vale para el
Gobierno y también para cualquier forma de organización humana.
La alternativa, nos recuerda Alain Denault, es la
«grisura», lo «insípido». Ya saben, lo mediocre.
Un sándwich, mixto, por favor.
21 jun 2022
Inflación, aumento general de los precios.
La sandía como
metáfora de la inflación: la fruta más veraniega multiplica su precio
El aumento de la
demanda por el calor y la caída de la oferta por los problemas en la producción
disparan el coste. En la primera semana de junio se pagaba casi el triple que
en 2021 en mercados de origen
Buscar la palabra “sandía” en Twitter genera
resultados como estos:
La impresión que trasladan estos tuits
se confirma en un paseo por varios supermercados. La misma variedad de sandía
costaba el martes en Mercadona, Lidl y Ahorramas 1,59 euros el kilo. Este tipo
de sandía, verde oscura y sin apenas pepitas,
es el más común. Con ese precio, una sandía de cinco kilos cuesta casi ocho
euros. Lidl vendía la misma variedad el verano pasado
a unos 0,59 euros, un precio siempre sometido a muchas
fluctuaciones. El escenario actual es aún peor para quienes optan por comprarla
cortada, con precios de entre 1,79 y 1,89 euros el kilo.
Es el caso de Jorge Moreno, víctima de la tasa single (pagar
más por vivir solo). Sujeta un cuarto de sandía en un Mercadona.
“Míralo, tres euros por esto. No puede ser. Está muy rica y apetece mucho con
este calor, pero se ha convertido en una fruta de lujo”, dice, enfadado. Le
gustaría poder comprar una entera. “Pero entonces, o como sandía sin parar
durante varios días, o se estropea”. Alicia Pérez, en un Ahorramas, no se había
dado cuenta hasta ahora de la subida: “Es verdad que está carísima. Pero,
sinceramente, está todo tan caro que prefiero ni pensarlo. Cojo lo más barato y
luego veo que igualmente me sube la compra un 20%”. Según datos de la patronal,
el 70% de esta fruta se vende en supermercados, como el Lidl en el que trabaja
María: “Algún cliente se me ha quejado en particular por el precio de la
sandía”.
Las cifras del Ministerio de Agricultura muestran
un crecimiento disparado del precio en los mercados de origen. El último dato
disponible, de la primera semana de junio, es de 68,37 euros por 100 kilos de
sandía. Es casi el triple que en el mismo periodo del año pasado. Una semana
antes, en la última de mayo, el precio fue aún mayor: 84,79, frente a los 26,9
del mismo periodo de 2021. Estos incrementos después repercuten en el
consumidor final. El dato del IPC de mayo refleja un crecimiento interanual del 8,7% en
frutas frescas.
Hay varias razones que, combinadas,
explican esta subida de precios. La primera es la caída de la oferta por los
problemas que ha tenido la cosecha de Almería. Esta es la principal huerta que
suministra las sandías tempranas al mercado nacional. “Las condiciones
meteorológicas han sido un problema. Hubo un exceso de lluvia y de calima en marzo,
durante el cuaje de las sandías que han estado en el mercado estas semanas. Se
cayó en torno a un 40% de la producción”, explica Adoración Blanque, presidenta
de la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores (Asaja) en Almería.
Han tenido el mismo problema en la
huerta murciana, el principal productor en las semanas posteriores a las de la
sandía almeriense. “Ha subido tanto el precio porque falta sandía, así de
simple. Hemos tenido 21 de 31 días de marzo con lluvia, así que no ha habido
polinización. Esa sandía no se pierde, pero sí se retrasa”, añade Juan López,
vicepresidente de la asociación de productores murcianos Proexport y gerente de
Pozosur. “Hemos tenido un kilo de sandías en espacios de los que esperábamos
conseguir hasta cinco”, indica. Además, como el resto de actividades
agrícolas, la producción de la sandía sufre una multiplicación de
los costes. El presidente de la Interprofesional de melón y sandía de
Castilla-La Mancha —la huerta que, con Valencia, completa el calendario de esta
fruta—, Cristóbal Jiménez, calcula que hoy al agricultor le cuesta una media de
un 25% más cada pieza. “La oferta no está cubriendo la demanda”, comenta
Jiménez.
El otro factor que dispara el precio de
esta fruta son las altas temperaturas. “El consumo de sandía y el calor están
totalmente relacionados. Más temperatura, más demanda de sandía”, explica
Blanque. Este año el verano se ha adelantado y ha embestido con la peor ola de calor en junio
en 20 años. “No solo es importante la demanda en España. En Europa,
donde también han crecido las temperaturas, están consumiendo más sandía. Si en
Europa el verano es de 27 grados, faltan sandías y si es de 23, sobran”, añade
López.
En el mercado hay sandías más baratas
que las de producción nacional. “Nuestros principales competidores son
Marruecos y Senegal, que tiran de los precios para abajo. Aquí, producir una
sandía de invernadero cuesta 30 céntimos. Allí, unos 10. Es competencia desleal
y el producto es peor″, indica Blanque. Las sandías de la frutería de Abdel
Majid en Alcalá de Henares (Madrid) cuestan 0,99 euros el kilo, mucho menos que
en el supermercado. “Vienen de Marruecos, están muy buenas. Ha subido un poco
el precio; el año pasado costaba 0,79 euros el kilo”, explica este frutero,
acostumbrado a que sus clientes se quejen “un poquito” por la inflación.
Majid cree que en las próximas semanas
caerá el precio de este producto, augurio que comparte López: “Van a ir bajando
porque la polinización después de marzo ha sido la normal, así que habrá muchas
más sandías”. “Tienen que caer. Se va a reajustar el mercado en cuanto dejen de
faltar sandías”, añade Jiménez. En la primera semana de junio, el precio medio
que estima Agricultura ya cayó respecto a la última semana de mayo.
El vicepresidente de Proexport destaca
que estos precios no han repercutido en mayores beneficios para los
agricultores: “Sí, han subido los precios, pero con el aumento de costes y la
caída de la producción, te quedas como estabas”. “A nosotros, como
productores”, continúa Blanque, “nos podría dar igual el precio al que venda el
supermercado si nuestros márgenes están cubiertos. Pero hay que tener en cuenta
que la distribución ha aumentado tanto el precio que puede hacer que la demanda
baje. Y a nosotros eso no nos interesa. Queremos que se venda a un precio
razonable. No nos gusta ver sandías a 12 euros”. La presidenta de Asaja en
Almería critica que, ahora mismo, los agricultores están ingresando entre 30 y
40 céntimos por kilo de sandía, mientras algunos supermercados la venden por
hasta cinco veces más. “El margen comercial es muy alto”, finaliza.
30 mar 2022
SINDICATOS VENDIDOS
Sindicatos vendidos
Los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, se han vendido al Gobierno.
Si se prefiere, el Gobierno ha comprado a los sindicatos,
regándoles con el doble de subvenciones en estos dos años, en plena crisis
económica por la pandemia y ahora por la guerra en Ucrania. En medio de
recortes en Sanidad, refuerzos que nunca llegan, precios de luz y gasolina por
las nubes, quejas generalizadas y petición abrumadora de que se bajen los
impuestos, Pedro Sánchez se ha ido resistiendo, y cada día que
está demorándolo sigue ingresando vía impositiva muchos millones.
Hace una semana CCOO y UGT rechazaron una bajada general de impuestos.
Unai Sordo y Pepe Álvarez, líderes de ambos sindicatos, han reclamado que se contenga el precio de la electricidad, se proteja el empleo y se frene el deterioro de nuestras condiciones de vida.
A la vez, han dicho NO a la bajada generalizada
de impuestos, alegando que «sería una trampa y no arreglaría nada». Convocaron
una manifestación en Madrid: 500 asistentes, fiel reflejo del abismo que hay
entre sindicatos y trabajadores.
El desprestigio de los sindicatos viene de lejos, y tiene su origen en la vinculación con los partidos políticos: CCOO con Unidas Podemos ahora -y siempre con la formación comunista de turno- y UGT con el PSOE. No defienden los intereses de los trabajadores, sino los del Gobierno, si es de izquierdas: si es del PP, o en un futuro de PP-Vox, una actividad febril para enfrentar trabajadores, empresas y Gobierno, con un esquema anquilosado de raíz comunista. Ante el clamoroso silencio de los sindicatos, el campo y los transportistas se han lanzado a la calle y a los paros. Saben que los sindicatos están bien regados por el Gobierno, y nada esperan de ellos.
Esta dependencia política de los sindicatos
es letal, dinamita su esencia.
«NO SE PUEDEN REVITALIZAR CCOO Y UGT PORQUE SON CADÁVERES, ESTÁN MUERTOS»
No critican las 4.000 botellas de Rioja
en el Ministerio de Trabajo de la comunista Yolanda Díaz, o los 200
kilos de langostinos. No critican que tengamos 23 ministros. Mientras, las
familias sufren, los precios se disparan, y los sindicatos repiten que hay que
ir a soluciones más complejas que bajar impuestos.
Hay que modificar la financiación de los sindicatos.
Transparencia y dígase cuántos liberados sindicales hay ¿a que no
se atreve nadie a decirlo ahora, ni nunca? No se pueden revitalizar CCOO y UGT
porque son cadáveres, están muertos. Asusta el comentario de algunos: «¡En el
futuro me puede salvar el sindicato, me puede tocar el turno del pesebre!». Y
la pasividad puede alargar los abusos actuales.
EL MUNDO.
JAVIER ARNAL 30 -03- 2022
28 feb 2022
There is no point to remain just observers.
Less than a week into the war, it seems increasingly likely that Vladimir Putin is heading towards a historic defeat. He may win all the battles but still lose the war. Putin’s dream of rebuilding the Russian empire has always rested on the lie that Ukraine isn’t a real nation, that Ukrainians aren’t a real people, and that the inhabitants of Kyiv, Kharkiv and Lviv yearn for Moscow’s rule. That’s a complete lie – Ukraine is a nation with more than a thousand years of history, and Kyiv was already a major metropolis when Moscow was not even a village. But the Russian despot has told his lie so many times that he apparently believes it himself.
When planning his invasion of Ukraine, Putin could count on many known facts. He knew that militarily Russia dwarfs Ukraine. He knew that Nato would not send troops to help Ukraine. He knew that European dependence on Russian oil and gas would make countries like Germany hesitate about imposing stiff sanctions. Based on these known facts, his plan was to hit Ukraine hard and fast, decapitate its government, establish a puppet regime in Kyiv, and ride out the western sanctions.
The Ukrainian people are resisting with all their heart, winning the admiration of the entire world – and winning the war. Many dark days lie ahead. The Russians may still conquer the whole of Ukraine. But to win the war, the Russians would have to hold Ukraine, and they can do that only if the Ukrainian people let them. This seems increasingly unlikely to happen. But there was one big unknown about this plan. As the Americans learned in Iraq and the Soviets learned in Afghanistan, it is much easier to conquer a country than to hold it. Putin knew he had the power to conquer Ukraine. But would the Ukrainian people just accept Moscow’s puppet regime? Putin gambled that they would. After all, as he repeatedly explained to anyone willing to listen, Ukraine isn’t a real nation, and the Ukrainians aren’t a real people. In 2014, people in Crimea hardly resisted the Russian invaders. Why should 2022 be any different?
Each Russian tank destroyed and each Russian soldier killed increases the Ukrainians’ courage to resist. And each Ukrainian killed deepens the Ukrainians’ hatred of the invaders. Hatred is the ugliest of emotions. But for oppressed nations, hatred is a hidden treasure. Buried deep in the heart, it can sustain resistance for generations. To reestablish the Russian empire, Putin needs a relatively bloodless victory that will lead to a relatively hateless occupation. By spilling more and more Ukrainian blood, Putin is making sure his dream will never be realised. It won’t be Mikhail Gorbachev’s name written on the death certificate of the Russian empire: it will be Putin’s. Gorbachev left Russians and Ukrainians feeling like siblings; Putin has turned them into enemies, and has ensured that the Ukrainian nation will henceforth define itself in opposition to Russia.
Nations are ultimately built on stories. Each passing day adds more stories that Ukrainians will tell not only in the dark days ahead, but in the decades and generations to come. The president who refused to flee the capital, telling the US that he needs ammunition, not a ride; the soldiers from Snake Island who told a Russian warship to “go fuck yourself”; the civilians who tried to stop Russian tanks by sitting in their path. This is the stuff nations are built from. In the long run, these stories count for more than tanks.
The Russian despot should know this as well as anyone. As a child, he grew up on a diet of stories about German atrocities and Russian bravery in the siege of Leningrad. He is now producing similar stories, but casting himself in the role of Hitler.
The stories of Ukrainian bravery give resolve not only to the Ukrainians, but to the whole world. They give courage to the governments of European nations, to the US administration, and even to the oppressed citizens of Russia. If Ukrainians dare to stop a tank with their bare hands, the German government can dare to supply them with some anti-tank missiles, the US government can dare to cut Russia off Swift, and Russian citizens can dare to demonstrate their opposition to this senseless war.
We can all be inspired to dare to do something, whether it is make a donation, welcome refugees, or help with the struggle online. The war in Ukraine will shape the future of the entire world. If tyranny and aggression are allowed to win, we will all suffer the consequences. There is no point to remain just observers. It’s time to stand up and be counted.
Unfortunately, this war is likely to be long-lasting. Taking different forms, it may well continue for years. But the most important issue has already been decided. The last few days have proved to the entire world that Ukraine is a very real nation, that Ukrainians are a very real people, and that they definitely don’t want to live under a new Russian empire. The main question left open is how long it will take for this message to penetrate the Kremlin’s thick walls.
Yuval Noah Harari is a historian and author of Sapiens: A Brief History of Humankind
https://www.theguardian.com/commentisfree/2022/feb/28/vladimir-putin-war-russia-ukraine
2 ene 2022
9 dic 2021
The new geopolitics of global business
China and America dominate like never before
Twenty years ago this week the share price of a start-up run by an obsessive called Jeff Bezos had slumped by 71% over 12 months. Amazon’s near-death experience was part of the dotcom crash that exposed Silicon Valley’s hubris and, along with the $14bn fraud at Enron, shattered confidence in American business.
China, meanwhile, was struggling to privatise its
creaking state-owned firms, and there was little sign that it could create a
culture of entrepreneurship. Instead, the bright hope was in Europe, where a new single currency promised to catalyse
a giant business-friendly integrated market.
Creative
destruction (first coined by
Austrian economist Joseph Schumpeter in 1942) often makes predictions look silly, but even by these standards the
post-pandemic business world is dramatically different from what you might have
expected two decades ago. Tech firms comprise a quarter of the global stock market and the geographic mix has become strikingly lopsided.
America and, increasingly, China are ascendant,
accounting for 76 of the world’s 100 most valuable firms. Europe’s tally has
fallen from 41 in 2000 to 15 today.
This imbalance
in large part reflects American and
Chinese skill, and complacency in Europe
and elsewhere. It raises two giant questions: why has it come about? And can it
last?
In themselves, big companies are no better than small
ones. Japan Inc’s status soared in the 1980s only to collapse. Big firms can be
a sign of success but also of sloth. Saudi Aramco, the world’s
second-most-valuable firm, is not so much a $2trn symbol of vigour as of a
desert kingdom’s dangerous dependency on fossil fuels.
Even so, the right sort of giant company is a sign of
a healthy business ecology in which big, efficient
firms are created and constantly swept away by competition. It is the secret to raising long-run living
standards.
One way of capturing the dominance of America and
China is to compare their share of world output with their share of business
activity (defined as the average of their share of global stock market
capitalisation, public-offering proceeds, venture-capital funding, “unicorns”—or
larger private start-ups, and the world’s biggest 100 firms). By this yardstick,
America accounts for 24% of global gdp, but 48% of business
activity. China accounts for 18% of gdp, and 20% of
business. Other countries, with 77% of the world’s people, punch well below
their weight.
Part of the explanation is Europe’s squandered
opportunity.
Political meddling and the debt crisis in 2010-12 have
stalled the continent’s economic integration. Firms there largely failed to anticipate the shift towards the
intangible economy. Europe has no start-ups to rival Amazon or Google. But
other countries have struggled, too.
A decade ago Brazil, Mexico and India were poised to
create a large cohort of global firms. Few have emerged.
Instead, only America and China have been able to
marshal the process of creative
destruction. Of the 19 firms created in the past 25 years that are now
worth over $100bn, nine are in America and eight in China. Europe has none.
Even as mature tech giants like Apple and Alibaba try
to entrench their dominance, a new set of tech firms including Snap, PayPal,
Meituan and Pinduoduo are reaching critical mass. The pandemic has seen a burst
of energy in America and China and a boom in fundraising. Firms from the two
countries dominate the frontier of new technologies such as fintech and electric cars.
The magic formula has many ingredients. A vast home
market helps firms achieve scale quickly. Deep capital markets, networks of
venture capitalists and top universities keep the start-ups pipeline full. There is a culture that exalts
entrepreneurs. China’s tycoons boast of their “996” work ethic: 9am to 9pm,
six days a week. Elon Musk sleeps on Tesla’s factory floor.
Above all
politics supports creative destruction. America has long tolerated more disruption than cosy Europe. After 2000,
China’s rulers let entrepreneurs run riot and laid off 8m workers at state
firms.
The recent erosion of this political consensus in both
countries is one reason this dominance could prove unsustainable. Americans are
worried about national decline, as well as low wages and monopolies (roughly a
quarter of the s&p 500 index merits antitrust
scrutiny, we estimated in 2018). The Economist supports
the Biden administration’s aim to promote competition and expand the social
safety-net to protect workers hurt by disruption. But the danger is that
America continues to drift towards protectionism, industrial policy and, on the
left, punitive taxes on capital, that dampen its business vim.
In China President Xi Jinping sees big private firms
as a threat to the Communist Party’s power and social stability.
The cowing of tycoons began last year with Jack Ma,
the co-founder of Alibaba, and has since spread to the bosses of three other
big tech firms. As party officials seek to “guide” incumbent private firms in
order to achieve policy goals, such as national self-sufficiency in some
technologies, they are also more likely to protect them from freewheeling
competitors.
The more America and China intervene, the more the rest of the world should worry about
the lopsided geography of global business. In theory, the nationality of
profit-seeking firms does not matter: as long as they sell competitive products
and create jobs, who cares? But if firms are swayed by governments at home, the
calculus changes.
As globalisation unwinds, rows are already erupting
over where multinational firms produce vaccines, set digital rules and pay
taxes. European hopes of being a regulatory superpower may become a figleaf for
protectionism. Others with less clout
may erect barriers. To assert its sovereignty, India has banned Chinese
social media and hobbled American e-commerce firms. That is the worst of both
worlds, depriving local consumers of global innovations and creating barriers
that make it even harder for local firms to achieve scale.
It’s the acorns, not the oaks
It would be a tragedy if only two countries in the
world proved capable of sustaining a process of creative destruction at scale.
But it would be even worse if they
turned away from it, and other places admitted defeat and put up
barricades. The best gauge of success will be if in 20 years’ time the list of
the world’s biggest companies looks absolutely nothing like today’s.
The Economist, Jun 5th 2021
29 nov 2021
Jaque al envejecimiento cerebral





