8 ago 2022

Mediocracia

 

La sociedad del sándwich mixto: por qué los mediocres dominan el mundo

A nadie le ofende un sándwich mixto, pero difícilmente alguien lo elegiría para su última cena. Es la metáfora ideal de un mundo en el que lo mediocre, lo que no destaca por ser ni demasiado malo ni demasiado brillante, está acaparando el poder.


 


 

Piense en un helado de vainilla. No, mejor aún, piense en un sándwich mixto. Aquí tiene una foto para inspirarse. Visualice el mejor sándwich mixto posible, con su jamón caliente, su queso fundido, su pan tostado... ¿Es la mejor comida del mundo? Desde luego que no. ¿Es la peor? Seguro que tampoco. A nadie le disgusta un sándwich mixto pero difícilmente alguien lo elegiría para el menú de su boda o como última cena en el corredor de la muerte. No es un plato brillante, pero para salir del paso nunca está mal; cumple su función. «Perdone, la cocina ya ha cerrado, pero si quiere le podemos hacer un sándwich mixto».

Podríamos decir que el sándwich mixto es un plato sencillamente mediocre. No malo, ojo, me-dio-cre. Es decir, «de calidad media», según estricta definición de la RAE. «De poco mérito». Vamos, del montón.

Ahora olvide el sándwich y mire hacia el despacho de su jefe. Ahí lo tiene. Piense en el profesor de sus hijos o ponga un rato las noticias y fíjese en nuestros políticos. Incluso en la última película de moda o el disco más vendido. El último best seller... ¿No me diga que no le sabe todo a jamón y queso? Bienvenidos a la dictadura de lo mediocre.

«Vivimos un orden en el que la media ha dejado de ser una síntesis abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y ha pasado a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar», denuncia Alain Deneault, filósofo y profesor de Sociología en la Universidad de Québec y autor de Mediocracia, cuando los mediocres llegan al poder (Ed. Turner), un ensayo que llega hoy a España y que analiza cómo las mediocres aspiraciones que invaden la sociedad están provocando ciudadanos cada vez más idiotas. Condenados -diríamos- a desayunar, comer y cenar un sándwich mixto. «La mediocracia nos anima de todas las maneras posibles a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante».

Veamos un ejemplo práctico que pone Deneault para entender el juego perverso del que habla en su libro. El sistema no quiere a un maestro que no sepa ni usar la fotocopiadora, pero menos aún aceptará a un maestro que cuestione el programa educativo tratando de mejorar la media. Tampoco admitirá al empleado de una empresa que intente mostrar una pizca de moralidad en una compañía sometida a la presión de sus accionistas. Traslade el modelo a cualquier otra profesión y encontrará un panorama con profesores universitarios que en lugar de investigar rellenan formularios, periodistas que ocultan grandes escándalos para generar clics con noticias de consumo rápido, artistas tan revolucionarios como subvencionados y políticos de extremo centro. Ni rastro del orgullo por el trabajo bien hecho. «Por oportunismo o por temor a represalias estructurales, es difícil resistir la presión de la mediocridad», lamenta el filósofo canadiense.

Todo se rige hoy bajo el conocido como Principio de Peter, una teoría formulada por el pedagogo Laurence J. Peter y el dramaturgo Raymond Hull (también canadienses) que establece que, en las jerarquías modernas, todos los trabajadores medianamente competentes -ni los más brillantes ni los que no son unos completos inútiles- son ascendidos en su empresa hasta que alcanzan un puesto para el que ya no están capacitados.



«Nuestros sistemas masivos de calificación, de evaluación y de indicadores están pensados para gestionar la media. Y la verdad es que lo hacen bastante bien», defiende Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social en la Universidad del País Vasco. «La parte mala es que también castigan la disonancia, lo disruptivo. Lo que nos suena extraño tendemos a calificarlo como malo. La única manera de combatir ese sesgo es tener un sistema en paralelo para concederse una cierta excepcionalidad porque el sistema, por nuestro comportamiento gregario y por la igualdad democrática, tiende a premiar la conducta adaptativa. Quien quiera evitar ese sesgo lo que debe hacer es procurarse la compañía de alguien que le diga la verdad a la cara, que no le haga la pelota como hacen los asesores de hoy en día, sino que le diga alguna vez que está haciendo el ridículo, como hacían los bufones del Rey».

El origen de esta mediocracia se remonta, según el relato de Alain Denault, al siglo XIX, «cuando los oficios se transformaron gradualmente en empleos», se estandarizó el trabajo y los profesionales se convirtieron en «recursos humanos», formateados, clasificados y empaquetados como gerentes, socios, emprendedores, autónomos, asociados... Con una eficacia a gran escala que, para Denault, no tiene comparación en la Historia. Tenemos a gente que produce alimentos en cadenas de montaje sin saber cocinar ni un sándwich de jamón y queso, que te dan la turra por teléfono con estimulantes tarifas que ni ellos mismos entienden, que venden libros que jamás leerían. Que trabajan como la media porque el trabajo no es para ellos más que (valga la redundancia) un mediocre medio de supervivencia.

«Generamos una especie de promedio estandarizado, requerido para organizar el trabajo a gran escala en el modelo alienante que conocemos hoy», explica el autor. «Los mediocres se organizarán para adularse unos a otros, se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que irá creciendo atrayendo a sus semejantes», sostiene. «Es un círculo vicioso».

- ¿Es más peligroso un profesional mediocre que uno directamente malo?

- Para el poder, no. Mediocridad no es sinónimo de incompetencia. Los poderes establecidos no quieren perfectos incompetentes, trabajadores que no cumplan su horario o que no obedezcan órdenes. En realidad cuesta ser mediocre. Uno puede ser un mediocre muy competente, es decir, aplicado, servil y libre de todas las convicciones y pasiones propias. En ese caso, el futuro es suyo porque las instituciones de poder son reacias a codearse con personas comprometidas política y moralmente o que sean originales en sus pensamientos y métodos.

- ¿Somos más mediocres que antes?

- No vamos a inventar un mediocrómetro para estudiar el grado de mediocridad de las personas, pero sí podemos establecer una evolución de los términos mediocridad y mediocracia en el curso de la modernidad. Inicialmente, era una expresión desdeñosa utilizada por las élites para denunciar el reclamo de las nacientes clases medias que querían probar la ciencia, el arte o la política. Por el contrario, la mediocridad en nuestro tiempo ya no es deplorada, sino promovida. Se ha convertido en un sistema.




En lo más alto de ese régimen mediócrata, encontramos a nuestros políticos.

Se habrá cansado de oír lo mediocres que son y seguramente creerá que los de hoy son peores que los de antes y los nuestros peores que los del país vecino. Si le sirve de consuelo, Alain Denault sostiene que la mediocridad está en la naturaleza de casi todos los políticos actuales y el régimen que dibuja su ensayo se sostiene sobre esa nueva política convertida en una «cultura de gestión», en la que nuestros dirigentes se limitan a manejar los problemas de ayer y en la que se desprecia cualquier pensamiento crítico o cualquier reflexión a largo plazo, porque sólo se autoriza lo normativo, la reproducción, las afirmaciones mecánicas de lo evidente.

«Este es -subraya Denault- el orden político del extremo centro». Y no hablamos del centro demoscópico, allí donde dicen los politólogos que se ganan las elecciones, sino directamente de una propuesta para suprimir el debate entre izquierda y derecha y sustituirlo por palabras vacías. «Se han impuesto en el lenguaje las barbaridades de las organizaciones privadas: aceptación social en lugar de democracia, partes interesadas en lugar de ciudadanos, sociedad civil en lugar de personas, consenso en lugar de debate, competitividad en lugar de ayuda mutua... Se nos dice, paradójicamente, que depende de nosotros salir del desempleo, hacernos atractivos para el mercado laboral, ser activos en Facebook, emprender... Casi todo conspira para hacernos fracasar, para que parezca una vergüenza personal lo que es sólo la ira política dirigida contra un individuo a quien se ha enseñado a restringir su conciencia. No hay nada más extremo que el extremo centro», sentencia el autor de Mediocracia.

Volvemos a España para averiguar dónde quedó nuestro extremo centro. «Hay gente que ha confundido el centro con la centralidad», comparte Daniel Innerarity. «El centro puede ser una combinación ideológica de valores de izquierda y derecha o puede ser también una combinación singular de pereza intelectual y oportunismo».

¿Son peores que nunca nuestros políticos? «No, el problema es que a los políticos mediocres de ahora los tenemos más presentes», dice el filósofo español. «Tendemos a idealizar a los líderes de la Transición, por ejemplo, porque nos acordamos de los buenos pero nos olvidamos de la cantidad de basura que había entonces. Hace mucho tiempo que dejaron de estar los más listos en el Gobierno pero no porque los gobernantes se hayan hecho más tontos, sino porque los demás somos ahora más listos. Antes eran más brillantes por comparación con la media. Hoy los políticos destacan menos no porque sean más mediocres sino porque se ha reducido la distancia entre el que lidera y los liderados».

-¿Cuál es entonces la solución contra la mediocracia?

-La democracia es un sistema de gobierno para la gente media, así que la solución es elevar esa media, que haya más cultura de formación. No se trata de mejorar el proceso de selección de líderes. Nos obsesionamos con los líderes o con su ejemplaridad, cosas de ese tipo que subrayan las cualidades individuales de las personas, cuando lo que hay que trabajar es la inteligencia colectiva de la sociedad. Y eso vale para el Gobierno y también para cualquier forma de organización humana.

La alternativa, nos recuerda Alain Denault, es la «grisura», lo «insípido». Ya saben, lo mediocre.

Un sándwich, mixto, por favor.

 









https://www.elmundo.es/papel/historias/2019/09/03/5d6ea47d21efa076048b4612.html

21 jun 2022

Inflación, aumento general de los precios.

 

La sandía como metáfora de la inflación: la fruta más veraniega multiplica su precio

El aumento de la demanda por el calor y la caída de la oferta por los problemas en la producción disparan el coste. En la primera semana de junio se pagaba casi el triple que en 2021 en mercados de origen


Buscar la palabra “sandía” en Twitter genera resultados como estos:

La impresión que trasladan estos tuits se confirma en un paseo por varios supermercados. La misma variedad de sandía costaba el martes en Mercadona, Lidl y Ahorramas 1,59 euros el kilo. Este tipo de sandía, verde oscura y sin apenas pepitas, es el más común. Con ese precio, una sandía de cinco kilos cuesta casi ocho euros. Lidl vendía la misma variedad el verano pasado a unos 0,59 euros, un precio siempre sometido a muchas fluctuaciones. El escenario actual es aún peor para quienes optan por comprarla cortada, con precios de entre 1,79 y 1,89 euros el kilo.

Es el caso de Jorge Moreno, víctima de la tasa single (pagar más por vivir solo). Sujeta un cuarto de sandía en un Mercadona. “Míralo, tres euros por esto. No puede ser. Está muy rica y apetece mucho con este calor, pero se ha convertido en una fruta de lujo”, dice, enfadado. Le gustaría poder comprar una entera. “Pero entonces, o como sandía sin parar durante varios días, o se estropea”. Alicia Pérez, en un Ahorramas, no se había dado cuenta hasta ahora de la subida: “Es verdad que está carísima. Pero, sinceramente, está todo tan caro que prefiero ni pensarlo. Cojo lo más barato y luego veo que igualmente me sube la compra un 20%”. Según datos de la patronal, el 70% de esta fruta se vende en supermercados, como el Lidl en el que trabaja María: “Algún cliente se me ha quejado en particular por el precio de la sandía”.

Las cifras del Ministerio de Agricultura muestran un crecimiento disparado del precio en los mercados de origen. El último dato disponible, de la primera semana de junio, es de 68,37 euros por 100 kilos de sandía. Es casi el triple que en el mismo periodo del año pasado. Una semana antes, en la última de mayo, el precio fue aún mayor: 84,79, frente a los 26,9 del mismo periodo de 2021. Estos incrementos después repercuten en el consumidor final. El dato del IPC de mayo refleja un crecimiento interanual del 8,7% en frutas frescas.

Hay varias razones que, combinadas, explican esta subida de precios. La primera es la caída de la oferta por los problemas que ha tenido la cosecha de Almería. Esta es la principal huerta que suministra las sandías tempranas al mercado nacional. “Las condiciones meteorológicas han sido un problema. Hubo un exceso de lluvia y de calima en marzo, durante el cuaje de las sandías que han estado en el mercado estas semanas. Se cayó en torno a un 40% de la producción”, explica Adoración Blanque, presidenta de la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores (Asaja) en Almería.

Han tenido el mismo problema en la huerta murciana, el principal productor en las semanas posteriores a las de la sandía almeriense. “Ha subido tanto el precio porque falta sandía, así de simple. Hemos tenido 21 de 31 días de marzo con lluvia, así que no ha habido polinización. Esa sandía no se pierde, pero sí se retrasa”, añade Juan López, vicepresidente de la asociación de productores murcianos Proexport y gerente de Pozosur. “Hemos tenido un kilo de sandías en espacios de los que esperábamos conseguir hasta cinco”, indica. Además, como el resto de actividades agrícolas, la producción de la sandía sufre una multiplicación de los costes. El presidente de la Interprofesional de melón y sandía de Castilla-La Mancha —la huerta que, con Valencia, completa el calendario de esta fruta—, Cristóbal Jiménez, calcula que hoy al agricultor le cuesta una media de un 25% más cada pieza. “La oferta no está cubriendo la demanda”, comenta Jiménez.

El otro factor que dispara el precio de esta fruta son las altas temperaturas. “El consumo de sandía y el calor están totalmente relacionados. Más temperatura, más demanda de sandía”, explica Blanque. Este año el verano se ha adelantado y ha embestido con la peor ola de calor en junio en 20 años. “No solo es importante la demanda en España. En Europa, donde también han crecido las temperaturas, están consumiendo más sandía. Si en Europa el verano es de 27 grados, faltan sandías y si es de 23, sobran”, añade López.


En el mercado hay sandías más baratas que las de producción nacional. “Nuestros principales competidores son Marruecos y Senegal, que tiran de los precios para abajo. Aquí, producir una sandía de invernadero cuesta 30 céntimos. Allí, unos 10. Es competencia desleal y el producto es peor″, indica Blanque. Las sandías de la frutería de Abdel Majid en Alcalá de Henares (Madrid) cuestan 0,99 euros el kilo, mucho menos que en el supermercado. “Vienen de Marruecos, están muy buenas. Ha subido un poco el precio; el año pasado costaba 0,79 euros el kilo”, explica este frutero, acostumbrado a que sus clientes se quejen “un poquito” por la inflación.

Majid cree que en las próximas semanas caerá el precio de este producto, augurio que comparte López: “Van a ir bajando porque la polinización después de marzo ha sido la normal, así que habrá muchas más sandías”. “Tienen que caer. Se va a reajustar el mercado en cuanto dejen de faltar sandías”, añade Jiménez. En la primera semana de junio, el precio medio que estima Agricultura ya cayó respecto a la última semana de mayo.

El vicepresidente de Proexport destaca que estos precios no han repercutido en mayores beneficios para los agricultores: “Sí, han subido los precios, pero con el aumento de costes y la caída de la producción, te quedas como estabas”. “A nosotros, como productores”, continúa Blanque, “nos podría dar igual el precio al que venda el supermercado si nuestros márgenes están cubiertos. Pero hay que tener en cuenta que la distribución ha aumentado tanto el precio que puede hacer que la demanda baje. Y a nosotros eso no nos interesa. Queremos que se venda a un precio razonable. No nos gusta ver sandías a 12 euros”. La presidenta de Asaja en Almería critica que, ahora mismo, los agricultores están ingresando entre 30 y 40 céntimos por kilo de sandía, mientras algunos supermercados la venden por hasta cinco veces más. “El margen comercial es muy alto”, finaliza.

 







https://elpais.com/economia/2022-06-15/la-sandia-como-metafora-de-la-inflacion-la-fruta-mas-veraniega-multiplica-su-precio.html

30 mar 2022

SINDICATOS VENDIDOS

 

Sindicatos vendidos

Los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, se han vendido al Gobierno. 

Si se prefiere, el Gobierno ha comprado a los sindicatos, regándoles con el doble de subvenciones en estos dos años, en plena crisis económica por la pandemia y ahora por la guerra en Ucrania. En medio de recortes en Sanidad, refuerzos que nunca llegan, precios de luz y gasolina por las nubes, quejas generalizadas y petición abrumadora de que se bajen los impuestos, Pedro Sánchez se ha ido resistiendo, y cada día que está demorándolo sigue ingresando vía impositiva muchos millones.

Hace una semana CCOO y UGT rechazaron una bajada general de impuestos.




Unai Sordo y Pepe Álvarez, líderes de ambos sindicatos, han reclamado que se contenga el precio de la electricidad, se proteja el empleo y se frene el deterioro de nuestras condiciones de vida. 

A la vez, han dicho NO a la bajada generalizada de impuestos, alegando que «sería una trampa y no arreglaría nada». Convocaron una manifestación en Madrid: 500 asistentes, fiel reflejo del abismo que hay entre sindicatos y trabajadores.


El desprestigio de los sindicatos viene de lejos, y tiene su origen en la vinculación con los partidos políticos: CCOO con Unidas Podemos ahora -y siempre con la formación comunista de turno- y UGT con el PSOE. No defienden los intereses de los trabajadores, sino los del Gobierno, si es de izquierdas: si es del PP, o en un futuro de PP-Vox, una actividad febril para enfrentar trabajadores, empresas y Gobierno, con un esquema anquilosado de raíz comunista. Ante el clamoroso silencio de los sindicatos, el campo y los transportistas se han lanzado a la calle y a los paros. Saben que los sindicatos están bien regados por el Gobierno, y nada esperan de ellos. 

Esta dependencia política de los sindicatos es letal, dinamita su esencia.


«NO SE PUEDEN REVITALIZAR CCOO Y UGT PORQUE SON CADÁVERES, ESTÁN MUERTOS»


No critican las 4.000 botellas de Rioja en el Ministerio de Trabajo de la comunista Yolanda Díaz, o los 200 kilos de langostinos. No critican que tengamos 23 ministros. Mientras, las familias sufren, los precios se disparan, y los sindicatos repiten que hay que ir a soluciones más complejas que bajar impuestos.

Hay que modificar la financiación de los sindicatos. 

Transparencia y dígase cuántos liberados sindicales hay ¿a que no se atreve nadie a decirlo ahora, ni nunca? No se pueden revitalizar CCOO y UGT porque son cadáveres, están muertos. Asusta el comentario de algunos: «¡En el futuro me puede salvar el sindicato, me puede tocar el turno del pesebre!». Y la pasividad puede alargar los abusos actuales.

 














EL MUNDO.

JAVIER ARNAL 30 -03- 2022

28 feb 2022

There is no point to remain just observers.

 Less than a week into the war, it seems increasingly likely that Vladimir Putin is heading towards a historic defeat. He may win all the battles but still lose the war. Putin’s dream of rebuilding the Russian empire has always rested on the lie that Ukraine isn’t a real nation, that Ukrainians aren’t a real people, and that the inhabitants of Kyiv, Kharkiv and Lviv yearn for Moscow’s rule. That’s a complete lie – Ukraine is a nation with more than a thousand years of history, and Kyiv was already a major metropolis when Moscow was not even a village. But the Russian despot has told his lie so many times that he apparently believes it himself.

When planning his invasion of Ukraine, Putin could count on many known facts. He knew that militarily Russia dwarfs Ukraine. He knew that Nato would not send troops to help Ukraine. He knew that European dependence on Russian oil and gas would make countries like Germany hesitate about imposing stiff sanctions. Based on these known facts, his plan was to hit Ukraine hard and fast, decapitate its government, establish a puppet regime in Kyiv, and ride out the western sanctions.


The Russians may yet conquer Ukraine. But Ukrainians have shown in the past few days that they will not let them hold it


    


With each passing day, it is becoming clearer that Putin’s gamble is failing. 

The Ukrainian people are resisting with all their heart, winning the admiration of the entire world – and winning the war. Many dark days lie ahead. The Russians may still conquer the whole of Ukraine. But to win the war, the Russians would have to hold Ukraine, and they can do that only if the Ukrainian people let them. This seems increasingly unlikely to happen. But there was one big unknown about this plan. As the Americans learned in Iraq and the Soviets learned in Afghanistan, it is much easier to conquer a country than to hold it. Putin knew he had the power to conquer Ukraine. But would the Ukrainian people just accept Moscow’s puppet regime? Putin gambled that they would. After all, as he repeatedly explained to anyone willing to listen, Ukraine isn’t a real nation, and the Ukrainians aren’t a real people. In 2014, people in Crimea hardly resisted the Russian invaders. Why should 2022 be any different?

Each Russian tank destroyed and each Russian soldier killed increases the Ukrainians’ courage to resist. And each Ukrainian killed deepens the Ukrainians’ hatred of the invaders. Hatred is the ugliest of emotions. But for oppressed nations, hatred is a hidden treasure. Buried deep in the heart, it can sustain resistance for generations. To reestablish the Russian empire, Putin needs a relatively bloodless victory that will lead to a relatively hateless occupation. By spilling more and more Ukrainian blood, Putin is making sure his dream will never be realised. It won’t be Mikhail Gorbachev’s name written on the death certificate of the Russian empire: it will be Putin’s. Gorbachev left Russians and Ukrainians feeling like siblings; Putin has turned them into enemies, and has ensured that the Ukrainian nation will henceforth define itself in opposition to Russia.

Nations are ultimately built on stories. Each passing day adds more stories that Ukrainians will tell not only in the dark days ahead, but in the decades and generations to come. The president who refused to flee the capital, telling the US that he needs ammunition, not a ride; the soldiers from Snake Island who told a Russian warship to “go fuck yourself”; the civilians who tried to stop Russian tanks by sitting in their path. This is the stuff nations are built from. In the long run, these stories count for more than tanks.

The Russian despot should know this as well as anyone. As a child, he grew up on a diet of stories about German atrocities and Russian bravery in the siege of Leningrad. He is now producing similar stories, but casting himself in the role of Hitler.

The stories of Ukrainian bravery give resolve not only to the Ukrainians, but to the whole world. They give courage to the governments of European nations, to the US administration, and even to the oppressed citizens of Russia. If Ukrainians dare to stop a tank with their bare hands, the German government can dare to supply them with some anti-tank missiles, the US government can dare to cut Russia off Swift, and Russian citizens can dare to demonstrate their opposition to this senseless war.

We can all be inspired to dare to do something, whether it is make a donation, welcome refugees, or help with the struggle online. The war in Ukraine will shape the future of the entire world. If tyranny and aggression are allowed to win, we will all suffer the consequences. There is no point to remain just observers. It’s time to stand up and be counted.

Unfortunately, this war is likely to be long-lasting. Taking different forms, it may well continue for years. But the most important issue has already been decided. The last few days have proved to the entire world that Ukraine is a very real nation, that Ukrainians are a very real people, and that they definitely don’t want to live under a new Russian empire. The main question left open is how long it will take for this message to penetrate the Kremlin’s thick walls.














  • Yuval Noah Harari is a historian and author of Sapiens: A Brief History of Humankind

https://www.theguardian.com/commentisfree/2022/feb/28/vladimir-putin-war-russia-ukraine

2 ene 2022

9 dic 2021

The new geopolitics of global business

 China and America dominate like never before


Twenty years ago this week the share price of a start-up run by an obsessive called Jeff Bezos had slumped by 71% over 12 months. Amazon’s near-death experience was part of the dotcom crash that exposed Silicon Valley’s hubris and, along with the $14bn fraud at Enron, shattered confidence in American business.

China, meanwhile, was struggling to privatise its creaking state-owned firms, and there was little sign that it could create a culture of entrepreneurship. Instead, the bright hope was in Europe, where a new single currency promised to catalyse a giant business-friendly integrated market.

Creative destruction (first coined by Austrian economist Joseph Schumpeter in 1942) often makes predictions look silly, but even by these standards the post-pandemic business world is dramatically different from what you might have expected two decades ago. Tech firms comprise a quarter of the global stock market and the geographic mix has become strikingly lopsided.

America and, increasingly, China are ascendant, accounting for 76 of the world’s 100 most valuable firms. Europe’s tally has fallen from 41 in 2000 to 15 today.

This imbalance in large part reflects American and Chinese skill, and complacency in Europe and elsewhere. It raises two giant questions: why has it come about? And can it last?

In themselves, big companies are no better than small ones. Japan Inc’s status soared in the 1980s only to collapse. Big firms can be a sign of success but also of sloth. Saudi Aramco, the world’s second-most-valuable firm, is not so much a $2trn symbol of vigour as of a desert kingdom’s dangerous dependency on fossil fuels.

Even so, the right sort of giant company is a sign of a healthy business ecology in which big, efficient firms are created and constantly swept away by competition. It is the secret to raising long-run living standards.

One way of capturing the dominance of America and China is to compare their share of world output with their share of business activity (defined as the average of their share of global stock market capitalisation, public-offering proceeds, venture-capital funding, “unicorns”—or larger private start-ups, and the world’s biggest 100 firms). By this yardstick, America accounts for 24% of global gdp, but 48% of business activity. China accounts for 18% of gdp, and 20% of business. Other countries, with 77% of the world’s people, punch well below their weight.

Part of the explanation is Europe’s squandered opportunity.

Political meddling and the debt crisis in 2010-12 have stalled the continent’s economic integration. Firms there largely failed to anticipate the shift towards the intangible economy. Europe has no start-ups to rival Amazon or Google. But other countries have struggled, too.

A decade ago Brazil, Mexico and India were poised to create a large cohort of global firms. Few have emerged.

Instead, only America and China have been able to marshal the process of creative destruction. Of the 19 firms created in the past 25 years that are now worth over $100bn, nine are in America and eight in China. Europe has none.

Even as mature tech giants like Apple and Alibaba try to entrench their dominance, a new set of tech firms including Snap, PayPal, Meituan and Pinduoduo are reaching critical mass. The pandemic has seen a burst of energy in America and China and a boom in fundraising. Firms from the two countries dominate the frontier of new technologies such as fintech and electric cars.

The magic formula has many ingredients. A vast home market helps firms achieve scale quickly. Deep capital markets, networks of venture capitalists and top universities keep the start-ups pipeline full. There is a culture that exalts entrepreneurs. China’s tycoons boast of their “996” work ethic: 9am to 9pm, six days a week. Elon Musk sleeps on Tesla’s factory floor.

Above all politics supports creative destruction. America has long tolerated more disruption than cosy Europe. After 2000, China’s rulers let entrepreneurs run riot and laid off 8m workers at state firms.

The recent erosion of this political consensus in both countries is one reason this dominance could prove unsustainable. Americans are worried about national decline, as well as low wages and monopolies (roughly a quarter of the s&p 500 index merits antitrust scrutiny, we estimated in 2018). The Economist supports the Biden administration’s aim to promote competition and expand the social safety-net to protect workers hurt by disruption. But the danger is that America continues to drift towards protectionism, industrial policy and, on the left, punitive taxes on capital, that dampen its business vim.

In China President Xi Jinping sees big private firms as a threat to the Communist Party’s power and social stability.

The cowing of tycoons began last year with Jack Ma, the co-founder of Alibaba, and has since spread to the bosses of three other big tech firms. As party officials seek to “guide” incumbent private firms in order to achieve policy goals, such as national self-sufficiency in some technologies, they are also more likely to protect them from freewheeling competitors.

The more America and China intervene, the more the rest of the world should worry about the lopsided geography of global business. In theory, the nationality of profit-seeking firms does not matter: as long as they sell competitive products and create jobs, who cares? But if firms are swayed by governments at home, the calculus changes.

As globalisation unwinds, rows are already erupting over where multinational firms produce vaccines, set digital rules and pay taxes. European hopes of being a regulatory superpower may become a figleaf for protectionism. Others with less clout may erect barriers. To assert its sovereignty, India has banned Chinese social media and hobbled American e-commerce firms. That is the worst of both worlds, depriving local consumers of global innovations and creating barriers that make it even harder for local firms to achieve scale.

It’s the acorns, not the oaks

It would be a tragedy if only two countries in the world proved capable of sustaining a process of creative destruction at scale. But it would be even worse if they turned away from it, and other places admitted defeat and put up barricades. The best gauge of success will be if in 20 years’ time the list of the world’s biggest companies looks absolutely nothing like today’s. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

The Economist, Jun 5th 2021

 

29 nov 2021

Jaque al envejecimiento cerebral

 




Jaque al envejecimiento cerebral

Jaque al envejecimiento cerebral

Manuel Álvarez Escudero, de cien años, este jueves, durante el Campeonato de España de Veteranos en Altea (Alicante) 

¡Hola! ¿Cómo están?

Acabo de entrevistar a un ajedrecista español de cien años, Manuel Álvarez Escudero, que disputa el Campeonato de España de Veteranos en Altea (Alicante). El resultado de esa conversación se publicará próximamente en EL PAÍS. Pero ya les adelanto que su agilidad mental es muy impresionante, y un argumento más -unido a otros muchos; incluidos varios estudios científicos- de que el ajedrez es un magnífico gimnasio mental.

Hace no menos de veinte años me di cuenta de que muchos ajedrecistas llegaban a viejos con una potencia mental impresionante. Si hablamos de jugadores de élite, el caso de Víktor Korchnói (1931-2016) es quizá el más asombroso, si se tiene en cuenta que el declive en la alta competición suele empezar a los 40 años: a punto de cumplir 80 (en enero de 2011), ganó al actual subcampeón del mundo, el estadounidense Fabiano Caruana, en el torneo de Gibraltar. El soviético Vasili Smyslov (1921-2010) llegó a los 62 años (1984) a la final del Torneo de Candidatos, que perdió contra Gari Kaspárov.

Pero hay otro caso mucho menos conocido y, para mí, más impresionante todavía. El del neerlandés Johan Van Hulst (1911-2018), quien jugó al ajedrez hasta poco antes de su muerte, a los 107 años. Cada mes de enero, cuando ya pasaba de los cien, lo subían en una silla de ruedas al escenario del acto de clausura del torneo de Wijk aan Zee (el Roland Garros del ajedrez, por su antigüedad y prestigio) para que pronunciase un discurso en el que mezclaba el ajedrez, la actualidad política y otros temas. Fue maestro y parlamentario, y salvo a más de 600 niños judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

“Lo primero que ataca el alzhéimer es la memoria y la concentración”, leí hace unos diez años en varios artículos y entrevistas. Y me dije: si esas dos funciones están entre las que más desarrolla el ajedrez, aquí hay materia para una investigación muy interesante. Además, ya empezaban a publicarse estudios que demostraban la proporción inversa entre actividad mental y riesgo de padecer demencias seniles (uno de los más contundentes, de Wilson y otros, se publicó en la revista Neurology el 28 de mayo de 2008).

Lo primero que encontré fue muy estimulante para seguir trabajando: el estudio que Verghese y otros realizaron con 469 personas mayores de 75 años en el Hospital Albert Einstein de Nueva York, publicado en el New England Journal of Medicine el 19 de junio de 2003. Sus autores no habían pensado previamente en el ajedrez de manera específica, pero al analizar los datos se encontraron con algo muy significativo: quienes más habían desarrollado su capacidad cognitiva durante el periodo experimental, y reducido hasta un 75% el riesgo de sufrir alzhéimer, eran las personas que habían jugado al ajedrez y al bridge, así como las que se habían dedicado a bailar con frecuencia (bailar exige una buena coordinación entre la mente y el resto del cuerpo). Por detrás, con peores resultados desde el punto de vista del deterioro cognitivo, estaban quienes se dedicaron a –por este orden- tocar un instrumento musical, hacer crucigramas, leer, pasear, nadar, cuidar niños, cuidar de la casa, escribir, practicar deportes de equipo, participar en discusiones de grupo, subir escaleras o andar en bicicleta.

Por si quedaba alguna duda, el Washington Post publicó ese mismo día un reportaje, basado en testimonios del citado doctor Verghese y otros especialistas, bajo el título: “Los juegos mentales pueden triunfar sobre el alzhéimer. Un estudio cita los efectos del bridge y el ajedrez”. Y Verghese era muy contundente: “No está lejos el día en el que nuestro doctor nos recomendará una partida de ajedrez y un crucigrama diario, además de hacer ejercicio físico y mantener una alimentación sana”.

En casi todas las conferencias (muchas) que he dado durante los últimos diez años, en algunos artículos de prensa y en mis programas en Radio Nacional y la Cadena SER (varios millones de oyentes entre ambos) lancé la misma pregunta al público: ¿Alguien de quienes me escuchan (o leen) conoce a alguien que, habiendo sido ajedrecista frecuente, haya muerto por alzhéimer u otra demencia senil similar? Sólo 16 personas contestaron afirmativamente. Sí, ya sé que mi encuesta no se hizo con rigor científico, pero la diferencia entre esos 16 de varios millones, por un lado, y el 7% de la población francesa, española o alemana mayor de 65 años, por el otro, es tan enorme que no puede ser una casualidad.

Y aún hay más: uno de esos 16 casos, publicado en Neurocase el 25 de febrero de 2005, es una prueba a favor del ajedrez, no en contra. Un ajedrecista británico aficionado mostró ligeras pérdidas de memoria durante dos años, y su problema fue diagnosticado entonces como “deterioro cognitivo leve”. Mantenía una vida normal, autosuficiente, aunque tenía dificultades para seguir el sentido de una conversación, repetía a veces las mismas ideas en poco tiempo y había perdido capacidad para calcular variantes cuando jugaba una partida. A los siete meses murió inesperadamente, en un accidente de coche, y el resultado de la autopsia fue asombroso: las abundantes placas de amiloide en su cerebro indicaban que, en realidad, padecía un alzhéimer en fase muy avanzada. La hipótesis es clara: el ajedrez tal vez no evite el álzhéimer, pero lo retrasa.

He contrastado todos los datos anteriores con más de 200 neurólogos. El prestigioso doctor José Félix Martí Massó, hoy ya jubilado, exjefe de Neurología del Hospital Donostia de San Sebastián (España), me invitó a una reunión con todo su equipo (unos 30 doctores, entre neurólogos, psicólogos, psiquiatras, epidemiólogos, etc.). Expuse todos mis argumentos con detalles científicos, y después me sometí a una dura ráfaga de preguntas. La conclusión fue muy positiva, como ahora explicaré, pero hubo una clara advertencia previa: “Demostrar científicamente, de modo irrefutable, que el ajedrez previene el alzhéimer sería muy caro y muy largo (harían falta, por ejemplo, 5.000 personas voluntarias durante cinco años), y además muy complicado desde el punto de vista metodológico. Sobre todo, por el llamado ‘sesgo de autoselección’; es decir, las personas con tendencia natural previa hacia los juegos mentales se apuntarían voluntarias para jugar al ajedrez, pero quien no disfrute con el ejercicio mental no lo haría, lo cual contaminaría el resultado”.

Sin embargo, Martí Massó me hizo ver algo muy positivo y mucho más importante: “Has acumulado indicios sólidos para afirmar que la práctica frecuente del ajedrez retrasa el envejecimiento cerebral. Eso tiene una enorme importancia, porque la esperanza de vida no deja de crecer en casi todos los países, y los gobiernos están ya invirtiendo enormes cantidades de dinero en el cuidado de las personas mayores que no se valen por sí mismas, que dependen de otras. Cuanto mejor sea la salud física y mental de nuestros mayores, menos dinero público habrá que invertir en ellos”. Posteriormente fui invitado a una conferencia en el congreso de neurólogos, con unos 200 profesionales, que se celebró en Cádiz en enero de 2012. Y los estudios científicos posteriores a los que he mencionado corroboran las mismas conclusiones.

Es decir, si prevenir es mejor y más barato que curar, aquí tenemos un poderoso argumento, adicional a los que ya teníamos desde hace un siglo, para introducir el ajedrez masivamente en todas las escuelas del mundo, además de promoverlo entre los ciudadanos de todas las edades. El propio Martí Massó propuso el mejor lema para esa campaña: “El ajedrez es el mejor gimnasio de la mente. Al igual que cuando vamos al gimnasio con frecuencia estamos fortaleciendo los músculos y previniendo muchas enfermedades, si acudimos con frecuencia al gimnasio mental estaremos fortaleciendo las sinapsis, las conexiones entre las neuronas, y podremos prevenir no sólo el alzhéimer, que es lo peor que podemos sufrir en ese ámbito, sino muchos otros problemas cerebrales”.

Alguien podrá aducir, y con razón, que el ajedrez no es la panacea universal ni la curación de todos los males; como ya hemos visto, hay otras actividades mentales que también son muy útiles para retrasar el envejecimiento cerebral. Eso es cierto, pero también lo es que el ajedrez cuenta con muchas ventajas. Para empezar, es un juego, cuyas reglas básicas se aprenden en pocas horas. Supongamos que el Gobierno español promueve el estudio del idioma japonés, cuya enorme dificultad lo hace probablemente muy adecuado para estimular la potencia cognitiva; es casi seguro que esa campaña será un fracaso porque pocos españoles querrán estudiar japonés; en cambio, una campaña para que millones de niños españoles jueguen al ajedrez tendría muchas más probabilidades de éxito.

Termino con otra experiencia personal que me parece muy significativa. Cuando comento torneos para los espectadores en sitios públicos (como la Final de Maestros del Grand Slam en Bilbao), suelo alternar los comentarios técnicos de las partidas con otros sobre cualquier aspecto relacionado con el ajedrez. Y con gran frecuencia veo que muchos de quienes me escuchan no entienden nada de ajedrez, pero están muy interesados en todo lo explicado en este artículo; entre otras razones, porque las personas mayores están asustadas ante el creciente número de casos de Alzheimer. Pero sobre todo porque nuestra esperanza de vida aumenta sin cesar, y cuidar la salud mental (más allá de las demencias) se ha convertido en una prioridad. Y si alguien tiene alguna duda, cuando lea lo que me ha dicho hoy Manuel Álvarez Escudero dejará de tenerla.












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El boletín de Leontxo García

JUEVES, 4 DE NOVIEMBRE DE 2021